La creación de las especies

La concepción “circular” de la Fuente y la Creación

POR DAVID TOPÍ · 
Cada vez que hacemos un diagrama para explicar la teoría metafísica de la Creación, el concepto de la Fuente primaria, las sub-fuentes, los planos frecuenciales, las divisiones en niveles evolutivos, etc., ponemos una cosa encima de otra, como si estuvieran fuera, conectadas, si, pero, como si una cosa colgara de otra en un espacio abstracto que sirviera de base para ello.
Claro, no tenemos otra forma de representar en las dos dimensiones de un papel y de forma lineal, los conceptos de frecuencia superior, de mayor nivel evolutivo, de mayor jerarquía, o de dependencia energética o vibracional, así que no tenemos otra manera de expresarlo que haciendo dibujos o esquemas en cascada, donde, en lo más alto, tenemos la Fuente o el “origen de Todo”, y luego en las partes más bajas vamos poniendo aquello que depende o sale de ese origen.
Evidentemente esta representación no es correcta, aunque es la que más nos ayuda a explicar estos conceptos, y a entendernos los unos con los otros, pero, si queremos ser un poco más estrictos, o simplemente ser un poco más correctos, tenemos que pensar que no hay nada que no esté dentro de la Creación y que, lo que nosotros dibujamos como “colgando” de otra cosa, en realidad “está” dentro de esa otra cosa.
La Creación engloba todo
No podemos dibujar la Creación, pero si esquematizarla, y su representación es evidentemente un círculo de radio infinito, una esfera que se expande eternamente hasta volver a enlazar consigo misma, de forma que no hay nada que queda fuera de la esfera. Inicialmente todo esto, podríamos decir que es energía potencial en reposo, infinita, sin ningún tipo de manifestación en su interior.

Luego el impulso de esta energía-conciencia de auto-experimentarse lleva a crear una singularidad, un punto, donde esta energía primordial, inteligencia infinita, comienza a crear en su seno, porciones de si misma que dan lugar a una separación entre la región de lo no manifestado, y la región de “la creación”, lo generado, desde donde entonces se expande, y se crea, a partir de aquí, todo lo que podemos llegar a conocer de la Fuente como tal. Los Taoístas dicen de esta Fuente primaria que “El Tao que puede ser expresado. no es el verdadero Tao”, haciendo referencia a la región “manifestada” y a la región de lo no creado.

 


La región de manifestación de la Creación
De la energía infinita en reposo, sale la energía infinita creadora. Es a partir de aquí de donde empiezan a manifestarse los diferentes espacios, universos, realidades, logos y sub-logos, todos contenidos dentro de la región de la Creación manifestada, y todos provenientes de la misma Fuente primaria, que, para nosotros es todo lo que jamás podremos llegar a experimentar y conocer.
Para hacerlo resumido, vamos a decir que de cada logos primario o porción creadora manifestada por la fuente primaria nace una macro porción de la realidad y de la existencia que nosotros vamos a catalogar como un universo, y, dentro de ese universo, otras porciones de la creación tomarán “vida” como sub-sub-fuentes, o como logos de un orden menor, que podríamos muy bien asimilar a nuestras galaxias (a pesar de que haya jerarquías y niveles entre logos galácticos, pues, por ejemplo, el ser que “da vida” a nuestra Vía Láctea ha “nacido”, o ha sido creado, por otro “ser”, que, si pudiéramos verlo, seria algo así como otra “macro-galaxia” de donde se crean galaxias menores.

Así, de este logos galáctico ya llegamos a un nivel que más o menos podemos entender, la creación dentro de nuestra propia galaxia, donde existen, en un nivel menor, millones de sub-sub-sub-logos, que para nosotros representan o se manifiestan como soles y estrellas.

Y ya en el último orden de cosas, aparecen los planetas y satélites, con un orden evolutivo menor, que dependen jerárquicamente del logos solar al que pertenecen (del sistema solar a nivel físico en el que se encuentran) pero que están dentro de la estructura del logos galáctico. Así, si os fijáis en el esquema inicial del artículo, hemos ido poniendo en cascada como nacen las diferentes partes de la Creación saliendo una de otra, pero como si de muñecas rusas contenidas una en otra se tratase, todo está dentro del contenedor superior que le dio vida.
Y nosotros, ¿dónde estamos?
Pues nosotros estamos dentro de la estructura del logos galáctico también. Nuestro SER, que ha nacido de una de estas sub-fuentes, se encuentra dentro de alguno de los planos de la creación de la sub-fuente que lo creó, y ahí realiza todo su periplo evolutivo hasta que completa la rueda de niveles, según la estructura del logos al que pertenezca, hasta reunirse y reunificarse de nuevo con su sub-fuente. Nosotros, el ser humano, al ser una proyección del SER en una raza que actualmente se define como de tercera dimensión, tenemos que completar todos los niveles evolutivos que se encuentran dentro de esta galaxia para llegar a reunificarnos con nuestra Fuente, y una vez hecho eso, quizás sigamos evolucionando hacia la sub-fuente de nivel superior que creó a nuestra fuente y tengamos otra rueda evolutiva por delante. Pero eso aun nos pilla muy lejos.
Como el agua para los peces
Cuando, en meditación, mis guías o mi Yo superior “trataban” de explicarme esto de la Creación, me vino una analogía que estoy más que convencido habréis oído alguna vez. Imaginaros a la Creación como el océano, un potencial de energía en calma, que, de repente, por el deseo de conocerse a si mismo da libertad, conocimiento, autoconciencia y libre albedrío a todas las gotas que forman el mismo océano, de forma que, ahora, cada una de esas gotas es una porción autoconsciente formada por la energía y consciencia del mismo océano. algunas gotas son más grandes, digamos que hay bloques de agua que permiten la posibilidad de que gotas de agua menores se pasen por allí y experimenten con otras gotas. Pero todo sigue estando dentro del océano, y el océano en su conjunto aprende de si mismo con las experiencias que cada una de sus gotas obtiene yendo de un sitio para otro, saliendo de una porción del océano y entrando en otra, juntándose con más gotas, fundiéndose en porciones de agua más bastas o disolviéndose en gotas menores y más pequeñas, dividiéndose para experimentarse y auto estudiarse mejor.
Y ese océano tiene diferentes niveles de profundidad, aguas más cálidas, más profundas o más cristalinas, hay diferentes niveles de experiencia si las gotas se juntan más entre si, o se separan, hay partes del océano donde da más la luz, y partes donde hay más oscuridad, y todo sigue siendo parte del conjunto. Y los peces son como los seres de la creación que experimentan en el océano, para un pez, el agua es la creación, no hay nada que no pertenezca a la creación, como para un ser humano no hay nada que nos rodee que no sea parte de la Creación y que no haya salido de la Fuente. Y el pez puede decidir bajar a niveles de agua donde hace más frio, o hay menos luz, o nadar hacia aguas más cálidas o cristalinas, pero siempre se moverá por los confines de la creación porque no hay forma de salir de ella.En resumen, aunque sigamos poniendo las cosas en diagramas como unas puestas encima de otras, todo en realidad está contenido dentro de aquello que le precede en el orden de la Creación manifestada, así que no hace falta mirar al cielo para buscar a la Fuente, porque la fuente está en todos lados, y no hay nada que no sea parte de la Fuente, incluso aquello que parece ir en contra, negarla o querer destruirla, forman parte de la experiencia de la Creación conociéndose a si misma.

 

La creación de las especies

 

Un cuento para entender el nacimiento de una raza – inspirada en los escritos de Robert Morningsky y de otras cosas que me han contado por ahí arriba.
En aquel remoto y lejano monasterio, donde una vez el anciano monje le explicó al joven discípulo la historia sobre los Jardineros de la Tierra, (parte 2parte 3) los estudios seguían su curso y la vía de comprensión de los misterios de la Creación constituían la motivación para avanzar por el camino de crecimiento personal que todos los neófitos se habían marcado con su ingreso en el lugar. Hoy iban a escuchar una historia largamente esperada, que les iba a llevar en volandas por los orígenes del nacimiento de las especies que habitaban esta y otras galaxias.
“Ha sucedido en tantos mundos- dijo el anciano monje – en tantas y tantas formas a lo largo de nuestro universo, que nadie podrá decirte nunca cuantas especies diferentes existen ahí arriba, en el firmamento. Los elementos que proporcionan la vida, la crean y la dotan de conciencia, se mueven de un sitio a otro, sembrándola de mil formas distintas… esa es la maravilla de la creación, en la que existen muchas, pero muchas formas de vida diferentes, cada una con sus propias características y peculiaridades. Cuando miréis hacia el cielo, no penséis que toda la vida es como la conocemos nosotros, pues cada célula, cada núcleo, que apareció en cada uno de esos mundos, dio lugar a diferentes razas y especies, y cada raza ha evolucionado por un camino diferente…
Recordad esto, jóvenes estudiantes, la hormiga que sube por el tronco de ese árbol donde os apoyáis no puede reconoceros como el ser humano que está a su lado mirándola. El ser humano se encuentra fuera de la realidad de la hormiga, y representa una forma de vida inconcebible para ella. Sus sentidos no son capaces de registrar la forma completa de lo que significa un ser humano. De la misma forma, los sentidos de la humanidad no son capaces de registrar y percibir la mayoría de formas de vida que existen más allá de nuestra comprensión, pues incluso los mejores instrumentos de nuestra ciencia no son más que extensiones de nuestros sentidos físicos. Para la hormiga, somos tan grandes, tan incomprensibles, que no puede imaginar que somos también una forma de vida como ella, así como para el ser humano existen formas de vida que cumplen la misma regla que nosotros respecto a la hormiga.
En nuestra galaxia, existen prácticamente tantas formas de vida como estrellas en ella, y la cosa más curiosa, quizás, es que la forma humanoide tal y como la conocemos es bastante común, quizás no para todas las especies que la habitan, pero desde luego no es la excepción. Sin embargo, la forma humanoide representa solo una configuración, pues os hablo de tener unas extremidades que nos permitan andar, unas que nos permitan asir cosas, un tronco y una cabeza, y esta forma ha evolucionado así desde muchos caminos diferentes, pues hay especies así que nacieron del desarrollo de lo que llamamos insectos, otros nacieron de aquello que relacionaríamos con peces, otros de especies homínidas y otros que evolucionaron desde una base reptoide o sauria.
– Maestro, por favor, explícanos el desarrollo de esas especies…¿Cómo llegaron a ser seres conscientes?…
– Eso haremos, pues precisamente varias de estas razas son la causa de que estemos nosotros aquí, y son la razón de la forma de vida que tenemos en este planeta. Quizás esto os haga sentir incómodos, pero recordad lo siguiente: lo importante cuando uno busca comprender las cosas es que no puede esconderse de los hechos, la verdad no se camufla en como nos gustarían que fueran o hubiesen sido los eventos, sino en aceptar lo que fue como fue. Sigamos ahora…
Hace mucho mucho tiempo, en un nuevo mundo, todavía en formación y cubierto con una niebla verde, en algún sitio cerca de la superficie de los recién creados océanos, pequeñas y diminutas criaturas nacían a la vida, y se convertían en las primeras formas de vida de ese planeta verde. Estas pequeñas criaturas vivían justo entre las aguas profundas y frías, y el mundo demasiado soleado y brillante de las aguas de la superficie. Con cada generación, las larvas se acercaban un poco más a esta, y poco a poco fueron también acercándose a tierra firme. Muchas de estas formas primitivas nunca sobrevivieron a los cambios que el planeta sufría, pero otras muchas fueron adaptándose y enfrentándose a las condiciones de la vida en la tierra, fuera del agua. Aprendieron a nutrirse de las plantas y la vegetación, y se fueron haciendo más fuertes y grandes, se multiplicaron y se hicieron enormes en número, tanto que muchas empezaron a combatir por los pocos recursos que había en las cercanías y también empezaron a nutrirse unas de otras. El instinto de supervivencia hizo que solo las más fuertes sobrevivieran en cada generación. A medida que los milenios pasaban, algunas desarrollaron pequeñas patas y extremidades, sus pieles se hicieron más duras, y los músculos que les permitían desplazarse crecieron y evolucionaron, aun no siendo nada más que pequeños insectos. Desarrollaron órganos pulmonares para dotarse de mayor capacidad respiratoria, y así la primera camada de especies reptantes nació en el nubloso planeta verde.
La vida en este lugar no era demasiado placida para estas pequeñas criaturas, era una lucha constante por sobrevivir y que durante millones de años las pequeñas especies luchaban entre ellas por los recursos, para obtenerlos, o para no ser el recurso de otros. algunas desarrollaron pequeñas alas, para poder defenderse de otras especies o alcanzar comida situada en lugares más altos, y de nuevo, milenio tras milenio las pequeñas criaturas reptantes fueron cada vez más fuertes, ágiles y mortales. Poco a poco, fue lo que conocemos como libélulas, aunque quizás en otro orden de magnitud y tamaño, la especie que en ese mundo empezó a dominar a las demás en el planeta verde, aunque podríamos decir que tenía una apariencia semejante a un cruce entre abeja y libélula, y se le llamaba “kheb”.
El kheb, fue evolucionando, creciendo en su instinto predador, conformando una forma de vida basada solo en la supervivencia, el ataque y la defensa de las otras especies de insectos y animales que habían florecido en el mismo planeta, y cuyos mecanismos de defensa también habían evolucionado, lo cual llevó a los khebs, por sus orígenes acuáticos, a mantener su mecanismo de reproducción mediante huevos ocultos en aguas poco profundas y tranquilas. Cuando un kheb nacía, su esqueleto parecía como un pequeño escorpión, con una especie de cola que los hacia aptos para poder defenderse de presuntos depredadores aun en su más tierna infancia. Sin embargo, debido al instinto predador de la raza, los khebs luchaban entre ellos mismos nada más nacer por los recursos y el territorio, y la especie crecía cada vez siendo más violenta en comportamiento respecto a las otras formas de vida animal del entorno.
La adaptación al medio era el único modo de salir adelante, y el kheb aprendió a hacer algo que ninguna otra especie del planeta verde sabia hacer hasta entonces. Aprendió a mutar dos veces en su vida para convertirse en un espécimen adulto, dos cambios completos de cuerpo, dos mutaciones. La primera ocurría nada más los pequeños kheb-escorpiones alcanzaban la edad madura, en la que, entonces, se anclaban a un árbol o a una roca y dejaban que su piel exterior se endureciera y se convirtiera en una potente y robusta coraza, protegiendo sus órganos interiores, que también empezaron a cambiar poco a poco. El kheb, tras esta mutación, ya no tenía pinta de escorpión, sino más bien se parecía a una mantis. Empezando a parecerse poco a poco cada vez más al saurio en el que un día se convertiría, el kheb fue desarrollando sus habilidades predatorias con mayor eficacia…
Un escalofrío recorrió la espalda de los alumnos…pues acababan de darse cuenta que este kheb era el ancestro de algunas de las razas de la que ellos tanto habían oído hablar…
La creación de las especies (III)


Un cuento para entender el nacimiento de una raza – inspirada en los escritos de Robert Morningsky y de otras cosas que me han contado por ahí arriba.
Enlace a la primera parteEnlace a la segunda parte
La historia del origen de una de las especies conocidas de la galaxia más temidas estaba siendo apasionante para los jóvenes discípulos del anciano monje, al que esperaban expectantes para poder seguir escuchando la narración…
“…a medida que los khebs prehistóricos evolucionaban, tal y como pasa en múltiples mundos, empezaron a formar sociedades primitivas que, con el tiempo terminaron formando civilizaciones. Evolucionaron desde un hábitat de nido, cuevas y agujeros, hasta grandes y sofisticadas ciudades. Desde la vida como especie animal hasta la vida con conciencia como raza inteligente, con sus propias formas organizativas, artísticas, sociales, económicas, culturales, etc. El primigenio kheb híbrido reptoide-libélula-abeja se había convertido en una especie reptoide-humanoide, y se había vuelto “civilizado”… siempre usando un punto de comparación y términos humanos, que podáis entender… algunas sub-especies perdieron parte de las escamas, todo el poco pelo que la especie había desarrollado, y reforzaron otras características que los hacían más imponentes a la vista de sus adversarios. Al igual que ocurre en la mayoría de planetas de nuestra galaxia, las diferentes sub-razas de una misma especie entran siempre en conflicto, por territorio, recursos y materiales, y así sucedió también con los khebs. Entre ellos, las batallas siempre se dirimían entre ejércitos de reptoides cuyo éxito o fracaso dependía de su habilidad para maniobrar en vuelo y escapar o atacar a sus adversarios.
Las guerras entre clanes y sub-especies fueron miles y devastadoras. Imperios y reinos nacían y caían, y poco a poco, una de las sub-razas fue ganando la batalla al resto. Eran conocidos como los “Nekh”, los “guerreros negros”, por el color oscuro de su piel. Al igual que en muchos otros sitios, finalmente los Nekh se impusieron y dominaron al resto de sus congéneres bajo un mismo rey y un mismo reino.
… el anciano monje hizo una pausa a ver si todos los alumnos seguían atentos…
Es importante saber que, cuando estamos aprendiendo algo sobre la historia de las razas reptoides, en el nido de un insecto-reptoide, son las hembras las que hacen todo el trabajo y, por ello, como en el mundo de las abejas del cual también tienen algo, es la Reina alrededor de la cual se rige la vida del grupo. Evidentemente, la función de la hembra es proteger el nido de invasores y enemigos, así que a medida que la especie evolucionaba desde un primitivo insecto, a un animal, a un ser reptoide consciente, los mismos roles y funciones se mantuvieron siempre y fueron traspasados hacia sus etapas como raza desarrollada y civilizada. En las batallas y conquistas fuera del “hogar”, los machos reptoide luchaban y controlaban las cosas, pero, en “casa”, en el día a día de la gestión de la especie, eran las hembras las que tenían todo el poder.
Por instinto de expansión, eventualmente los Nekhs empezaron a extenderse por otros territorios del mismo planeta verde, conquistando nuevos lugares e instalando reyes y gobernadores, que bien podían ser machos reptoides, mientras que en la colonia-ciudad-imperio central siempre hubiera una reina en el poder. Con el tiempo, todos los lugares conquistados estuvieron bajo dominio reptoide pero jamás se alteró la regla. El campo base, el centro de poder de la raza caía siempre sobre una hembra, y todos los lugares conquistados fuera del mismo caían siempre bajo el control de un macho.
La vida avanzaba rápidamente bajo el manto de los reyes Nekh. La ciencia y la tecnología avanzó eones y grados de forma vertiginosa. El desarrollo de una ciencia de conquista y guerra dio paso a una capacidad inigualable para la conquista de más territorios y lugares, y, de forma parecida a como ha ido sucediendo aquí en nuestro propio planeta, la Tierra, cuando las tecnologías de guerra ya quedaban obsoletas, se transformaban en herramientas y conocimientos para el uso civil de la población. La población reptoide del planeta verde conseguía así avanzar en todos los ámbitos de la sociedad a ritmos agigantados.
Con esto en marcha, no es mucho suponer que llegó el momento en el que tuvieron la capacidad de salir de su propio planeta para explorar satélites y planetas cercanos, establecer pequeñas bases, minar sus recursos. Generaciones después, todos los satélites estaban colonizados, algunos militarizados, y servían como puente de salto para exploración de planetas algo más lejanos. Nuevas colonias se fueron estableciendo y, poco a poco, más y más mundos, empezaron a ser ocupados por razas reptoides, creciendo en número, poder y recursos.
Cuando las primeras expediciones de los Nekh empezaron a salir de su propio sistema solar y encontrar otras razas, que habían evolucionado de forma parecida, pero desde diferentes orígenes, vieron asombrados que pocas de esas razas tenían la tecnología, ciencia, y decisión firme que ellos poseían, por lo que la conquista de esos planetas era cosa sencilla. A medida que más y más mundos iban cayendo bajo el mando de los reyes Nekh, estos iban estableciendo gobiernos títeres como administradores, bajo el mando de uno o varios de los propios delegados Nekh para ese planeta. Cuando la conquista era abierta y clara, las razas nativas eran sometidas al pago de tributos, de recursos, y a la puesta en marcha de estructuras de control y dominación.
Por otro lado, cuando las razas con las que entraban en contacto se defendían, e incluso les vencían, los Nekh se veían obligados a retirarse, viendo que no solo ellos habían desarrollado la fuerza o la tecnología necesaria para la guerra, sino que en otros mundos, otras especies, habían hecho lo mismo a un nivel igual o superior. En algunos casos, incluso las hembras reptoides se involucraban en estas batallas cuando los mundos a conquistar no eran lo suficientemente fáciles para que solo los reptoides macho pudieran hacerlo. El poderoso veneno que escupían, y que se había vuelto más y más potente, era el arma más temida por todos aquellos que tenían que enfrentarse cuerpo a cuerpo con los ejércitos Nekh. Así y todo, no siempre ganaban.
Y como en toda historia que se precie, siempre hay intrigas en palacio, que, con el tiempo, las luchas internas y las peleas por la sucesión en el poder de tan vasto imperio, llevaron a la rebelión de todas las hembras en posiciones de poder para dominar todos los mundos conquistados, y para destronar del mismo a todos los reyes y gobernadores macho de sus propias especies, creando un enorme imperio reptoide, dominado por una única reina, y el reino de los Nekhs pasó a llamarse la dinastía de los Nekh-t, invencible y poderosa…”

La creación de las especies (II)

 


Un cuento para entender el nacimiento de una raza – inspirada en los escritos de Robert Morningsky y de otras cosas que me han contado por ahí arriba.
Enlace a la primera parte
El anciano monje siguió con su explicación:
“… esta era solo la primera transformación del kheb. En la segunda mutación, una vez expulsado su caparazón exterior, este híbrido libélula-abeja emergía con largas piernas, garras y una cola que estaba mucho más desarrollada. Salía también con un conjunto doble de alas y un hocico que le servía para múltiples propósitos. En esta nueva forma, el kheb era mucho más efectivo volando y acosando a sus presas, y, en su forma final, el kheb era un temible reptoide-insecto con una gran fuerza y un terrible instinto predador. Así fue, gracias a esto, que conseguiría eventualmente dominar todo el planeta verde, y conquistarlo plenamente por encima de todas las otras especies animales desarrolladas en paralelo hasta ese momento.
Cuando otro animal veía aproximarse al kheb volando, la imagen le recordaba a la de un mosquito con armadura. Tenían esqueletos externos hecho de duro hueso que protegían todos sus órganos internos, las cuatro alas les permitían maniobrar de forma fácil y rápida, y las garras y el hocico eran usados como armas letales. Al llegar a la edad adulta, las hembras estaban lo suficientemente desarrolladas para concebir y proporcionar descendencia a la raza. Para que esto pudiera ser posible, sus órganos internos habían cambiado mucho más que el sistema de los machos adultos, y cuando, tiempo atrás, las hembras podían nutrirse solo con el néctar de las plantas, ahora necesitaban nutrirse de los componentes esenciales provenientes de los fluidos corporales de sus víctimas, las otras especies animales del planeta. Para escoger pareja, una vez las hembras estaban listas para procrear, emprendían el vuelo hacia el cielo, lo más alto posible, de forma que solo aquellos machos con la suficiente fuerza y potencia para volar igual de alto que ellas podrían fecundarlas, asegurando así que la camada que nacería tendría la vitalidad y la fuerza de los miembros más fuertes de la especie solo. Además, capaces de ser impregnadas por varios machos, las hembras permanecían volando hasta que contenían semilla suficiente para luego, descender, y poner sus huevos en lugares estratégicos y protegidos, donde los cuidaban…. Y el ciclo empezaba otra vez de nuevo. Así era el modo de vida de los ancestros de las actuales razas reptoides de gran parte de la galaxia.
Durante otros billones de años de desarrollo, el kheb creció en tamaño y las primeras señales de configuración antropomórfica humanoide empezaron a aparecer en él. Las extremidades empezaron a parecerse a algo así como brazos y piernas, el tórax empezó a tomar forma de pecho y torso plano, y la cabeza insectoide empezó a redondearse y aparecer ligeramente más como humanoide, una pinta algo así como una gárgola de nuestros días, si pudiéramos verlas…
Puesto que el alimento necesario no solo existía en el aire, sino que muchas de sus presas ya eran especies animales que solo vivían en la superficie terrestre, el kheb tuvo que adaptarse y aprender a cazar en tierra, un problema para sus largas alas, que no eran compatibles con la espesura de los bosques. Así que aprendieron a recoger las alas en la espalda, y a hacer más flexibles sus garras, patas y colmillos, además de desarrollar la cola para poder adaptar el equilibrio del cuerpo masivo que ahora el kheb tenía, y lo había convertido en un depredador mucho más potente y temible por el resto de especies del planeta verde.
Su sangre, debido a la línea reptoide que había seguido su evolución, era fría, y su configuración humanoide se iba desarrollando poco a poco, tomando la forma erguida y el desarrollo de todas las extremidades, sin perder las alas ni la cola con ello. Pero como las escamas no mantenían el calor por mucho tiempo, igual que nuestros conocidos reptiles terrestres, tenían que tomar el sol regularmente para mantenerse calientes, haciendo de su hogar las zonas más cálidas del planeta para su mejor supervivencia.
Y a pesar de que los khebs machos eran terribles, no eran nada comparado con las hembras, que se mantuvieron con un tamaño algo menor, y, aunque tenían una protección más reducida en cuanto a escamas y cortezas exteriores cubriendo sus órganos, no eran ni un ápice menos peligroso. Además, a lo largo de otros billones de años, algo les pasó a las hembras que no les pasó a los machos, y es que sus cuerpos empezaron a segregar ciertas hormonas, necesarias para la cría de sus criaturas, pero que producían un líquido que era tremendamente venenoso y acídico para otras criaturas. Las hembras kheb podían proteger sus nidos de forma natural a través del veneno que escupían, y que nacía naturalmente de sus glándulas internas.
Y es que como veis, queridos alumnos, en esta especie, y en muchas otras, son las hembras las que poseen las armas más terribles y devastadoras, nacidas del instinto y necesidad de mantener a la especie viva y a la descendencia protegida.
Ahora bien, y para ahorraros otros cuantos millones de míllones de años de evolución más, os diré que el tiempo convirtió a los khebs más y más en formas humanoides con facciones reptoide, con las alas y la cola como elementos distintivos, pero con las extremidades, torso y cabeza con forma reconocible para todos nosotros. Así, podríamos decir que nacieron los “khebs de las cavernas”, si me permitís un paralelismo con la historia del ser humano y a partir de aquí empieza otra historia bien distinta…”

 

 

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